9 de Julio de 1816 – “Una mirada desde la vida cotidiana”

Por aquel julio de 1816, la ciudad de San Miguel de Tucumán era un poblado de casi 5.000 habitantes, la cual se dividía en cuatro cuarteles o barrios. En dos de estos cuarteles vivían un total de 2.137 almas: 862 eran criollos, 38 españoles, 884 indios, 353 negros y mulatos.

La principal industria tucumana era la construcción de carretas y una primitiva explotación de la caña de azúcar. Las carretas eran fletadas por comerciantes ricos para enviar mercaderías hacia Jujuy, Buenos Aires o Mendoza. Los más ricos eran el comerciante Cayetano Moure, el contador de correos José Velarde y el administrador de tabacos Pedro Antonio de Zavalía. En 1813 el Cabildo hizo una lista de mercaderes ricos: eran 34 personas cuyos caudales sumaban 320.000 pesos. El comerciante más acaudalado era Manuel Posse con 60.000 pesos, le seguía José Velarde con 35.000.

En 1816 se le dio licencia a don Mateo Velarde “para abrir un café, fonda pública y juego de lotería”. El Cabildo de la ciudad consideraba que este juego “rinde utilidades conocidas y en todo caso puede perjudicar al público”, por eso le impuso el pago de una patente de 1 peso por día. Las diez pulperías de San Miguel de Tucumán pagaban 30 pesos de impuestos por año.

El Cabildo se financiaba cobrando impuestos a distintas actividades, lo que puede dar una idea del movimiento cotidiano: una carga de vino en carreta pagaba 1 peso de impuestos; una carga de ají, algodón o frutas secas “que entren a la ciudad” pagaban 4 reales. Las suelas para zapatos pagaban 1 peso por carreta, lo mismo que las cargas de yerba mate.

En San Miguel de Tucumán buena parte de los edificios públicos —entre ellos la Catedral y el Cabildo— estaba en ruinas. Casi la mitad de los diputados eran sacerdotes y por eso se alojaron en los conventos de Santo Domingo y San Francisco, pero fray Justo Santa María de Oro se alojó con los jesuitas en Lules, mientras que Cayetano Rodríguez prefirió la casa del obispo.

Mientras el Congreso sesionó en Tucumán, entre marzo de 1816 y febrero de 1817, todas las semanas había un gran baile en la casa de algún rico patriota. Juan Bautista Alberdi recuerda que cuando era un chico, correteaba entre personajes como Manuel Belgrano y otros congresistas que visitaban la casa de sus padres. Solamente alrededor de la plaza principal de San Miguel de Tucumán había casas importantes. Tenían zaguán con baldosas, un primer patio lleno de plantas y rodeado de galerías “en cuyos postes de cedro se enroscan diamelas y madreselvas”, una alfombrada sala de recepción con balcón, muebles de caoba, platería labrada “el sofá y el fortepiano de la niña”, apunta Groussac.

El baile más famoso fue el del 10 de julio, al día siguiente de la Declaración de la Independencia. Groussac, que recopiló relatos de aquel baile en 1870, cuenta: “Sólo conservo en la imaginación un tumulto y revoltijo de luces y armonías, manchas billantes u oscuras de uniformes y casacas, faldas y faldones en pleno vuelo, vagas visiones de parejas enlazadas, en un alegre bullicio de voces, risas, girones de frases perdidas que cubrían la delgada orquesta de fortepiano y violín.

Hubo un único periodista acreditado en el Congreso, fray Cayetano Rodríguez, siempre presente en las sesiones públicas o secretas. Se dice que acostumbraba fumar cigarros de chala y tomar mate, mientras escribía sus apuntes con una pluma de ganso. El fraile era el responsable de El Redactor del Congreso, periódico que salía a la calle con tres meses de atraso: hubo 19 números impresos en los talleres tucumanos de Gandarillos, a los que se sumaron otros en Buenos Aires. Entre las 230 sesiones hechas en Tucumán, hubo 60 secretas. Cuando el Congreso siguió en Buenos Aires, hubo 304 sesiones, incluidas 80 secretas. Las actas secretas se perdieron en 1820 y aparecieron en la década de 1960.

Fuente:Fuentes diversas.